110
años después.
En el
Reino de Haldelgand, sus majestades Abemor V, tío de la infanta Susana de
Furlerm, y Bereej II, primo de la Infanta e hijo de Abemos V, han vivido ya su
época en el mundo de dios. Susana, yace escondida en una de las Torres del
castillo de Demarte, dónde a su vez vive su sobrino segundo, Gomordl I. Susana,
mantiene el mismo aspecto desde que huyó del reino de su padre para refugiarse
en casa de tu tío.
Gomordl
es frágil, pero un gran rey de tan solo diecinueve años.
En todos
estos años, Susana había aprendido a tocar el arpa, había leído más de mil
libros, había tejido más de cien vestidos, y había estado presente en
importantes acontecimientos que más tarde serian parte de la historia.
Se
encontraba en su alcoba, leyendo un libro de batallas, cuando entró su dama de
compañía Mildren:
-Señora
– se inclinó imitando una reverencia algo más vulgar- su majestad el rey desea
veros.
-Decidle
que pase– la niña volvió a inclinarse y se dirigió hacia la puerta – Entre vos
y yo Mildren , las dos sabemos que hay confianza y no tenéis porque llamarme
señora, para vos soy Susana. Dejad las reverencias para cuando haya público.
-Gracias
Susana – le sonrió agradecidamente, retornó a su labor e hizo pasar a
Gomorld.
El rey,
entró y esperó a que Susana se inclinara ante su presencia. Ella, agarró la
falda de su vestimenta e inclinó la cabeza. Gomorld la miró a los ojos, y
descubrió su alma vieja y viva, llena de saber.
-Susana-
le saludó- tía Susana. Una vez prometisteis contarme vuestra historia cuando
cumpliera la mayoría de edad si jamás os preguntaba nada sobre esta. Aquí me
tenéis impacientado, suplicando cumplir los veinticinco. Por eso he decidido aprobar
una nueva ley, para que la mayoría de edad se cumpla a los diecinueve.
-Majestad,
no digáis estupideces, si vuestro deseo es saber mi historia os la contaré,
pero no malgastéis vuestro tiempo en cambiar leyes por vuestro capricho. – Le
regañó Susana.
-¿Criticáis
las decisiones de vuestro rey?
-Sabéis
que mi sabiduría es mayor que la vuestra, podéis escuchar y aprender, o callar
y vivir en la ignorancia, su eminencia – replicó Susana- Os repito, si deseáis
saber mi historia os la contaré.
-Os temo
tía Susana, tantos años y no habéis cambiado nada, sé que sois vieja porque
vuestros ojos son un reflejo de vuestra alma, y vuestra alma debió subir al
cielo hace mucho tiempo.
La
mujer, de aspecto joven, inclinó la cabeza, triste. Se dirigió a la ventana de
la alcoba y miró a su exterior.
-Sobrino,
creo que estáis preparado para saber a qué os enfrentáis custodiándome en
vuestro castillo. Empezaré por el principio.
‘’Vuestro
tío abuelo Carlos: rey de Sicander. Él casó con una bruja, hechizado por su
belleza, y años más tarde nacimos mis dos hermanas y yo, trillizas. El error
que cometió mi madre fue parirnos, sin duda alguna. Ella se encargó de crear
tres niñas con extraordinarios dones que podían acabar con ella. Descubrió su
error, y mató a mi padre y mis hermanas. Afortunadamente escapé y viene a
refugiarme al reino de vuestro abuelo, descanse en paz, y gracias a él fui
escondida es vuestro reino, pero nunca llegué a saber mi don. La reina
Anastasia Inmortal, mi madre, y yo, poseemos un segundo don, el de la eterna
juventud. Estamos destinadas a enfrentarnos.
‘’Esto
es todo lo que debéis saber hasta ahora.
-¿Aún
hay más? Contad, os lo ordeno
-No os equivoquéis
majestad. Si cada día me arrodillo ante vos es porque os agradezco de corazón
que me protejáis entre vuestras murallas, pero nunca penséis que os considero
superior a mí. Ambos sabemos que no es así.
-Disculpad
mi osadía tía Susana.
-No os disculpéis
Gomorld, sois mi sobrino y no os lo tengo en cuenta. Sois ahora conscientes de
que corréis riesgos ayudándome.
-Jamás he
abandonado un soldado, por lo tanto tampoco abandonaré a mi tía.
-Sois un
buen sobrino Gomorld, pero no un buen rey, aun no sabéis el riesgo que sufre
vuestro pueblo. No debo de permanecer más tiempo aquí.
-Sois
valiosa tía Susana, y no os abandonaré a ninguna costa. Irás al templo de Uruliwf,
y le pedirás ayuda al ángel caído.- Iba a retirarse y Susana le interrumpió.
-Es un
demonio, querrá algo a cambio.
-Obsequiadle
con un alma. Prometedle un corazón.
-No haré
semejante barbaridad Gomorld, no me importa que sea el mismo dios quien me lo
pida.
-Si lo haréis,
sabéis cual es el alma que le entregareis.
Acto
seguido, su majestad, salió de la alcoba, y Susana se sentó en la cama
impactada por las órdenes del rey. Estaba más que claro, si debía entregar un
alma, seria la suya.
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