Hacerse
desaparecer, huyendo por los tejados del pueblo era tremendamente fácil.
Carolina, a diferencia de muchas personas, le gustaba llevar sandalias cerradas
y con una suela de terciopelo, porque para su ‘oficio’ –robar- eran prácticas y
cómodas, además de silenciosas. Este era pues, su secreto para desaparecer sin
ser vista.
Cruzó
el pueblo entre tejados, y cuando llegó a los límites, se metió como ‘polizona’
en un carro de mercancías. Permaneció encogida, con el arco y una flecha
preparados para cualquier problema, y con la mirada vigiló el camino, para no
perder su parada.
-¿Has
oído algo Enrique? – preguntó de golpe una voz.
-Y yo
que se… ¿Cuánto falta para la casa de aquel crio?
De
pronto Carolina se irguió y agudizó más su oído, ¿Quiénes eran esos hombres?
-Ya
queda poco… ¿Por qué no debemos ir con los uniformes de la guardia real?
-Hay una
chica que lo protege todo el rato, una guerrera diría yo, es difícil de
atrapar, es escurridiza y astuta.
Carolina
sonrió para sus adentros y de pronto cambió la cara.
-Sera su
amor prohibido o algo así- carcajadas de ambos- lo mismo parece ser una
guerrera y solo es una mujer de vida alegre…
Sobrepasando
el límite. Carolina se giró para observar mejor a los dos hombres, que yacían
sentados de espaldas a ella dirigiendo al caballo. Respiró hondo y apuntó a el
que no se llamaba Enrique. Tenía una corta melena, pero aún así podía divisar
bien su nuca. Levantó un poco más el codo, guiñó un ojo y contó hasta tres. La
flecha le atravesó el cuello con autentica rapidez, entonces el hombre llamado
Enrique se giró velozmente y cogió su espada. Acto seguido localizó a Carolina
y saltó hacia ella con la espada apuntándome al pecho. Fue imposible esquivarle, pero aun así
consiguió bloquearle el brazo. Los dos forcejeaban, y él era tres veces más
fuerte que ella. Había poco tiempo, tenía que hacer algo cuanto antes… Vio la
flecha que no había podido dispararle a su derecha, y con su brazo libre la
cogió, pero él colocó su pie encima de la muñeca de Carolina. Ahora sí que
estaba perdida.
Le miró
a los ojos, desafiante. Apretó los dientes, y los puños, sin soltar la flecha.
Uno. Dos. Tres. Reacción de emergencia: escupitajo en toda la cara, y su vía de
escape. El hombre aflojo la pierna y con un esfuerzo sobrenatural Carolina le
empujo, quitándose de encima su pie y le clavó la flecha en el corazón. El
cadáver del moribundo yacía encima de ella, y con cara de asco y desprecio se
lo quitó de encima. Rápida como viento, tiró los cuerpos de los soldados al
barro y se llevó la carroza camino de casa de Adrian.
Tardó
menos de diez minutos en llegar y la casa parecía estar vacía. Por un momento,
Carolina pensó que lo habían vuelto a secuestrarlo.
-¿Carol?-
alguien susurró desde el cielo.
Carolina
levantó la cabeza hacia un árbol, y descubrió a Adrian y María, escondidos
entre las hojas.
-¿Y esas
libertades? – Le contestó ella- por cierto eso de subirse a los árboles es mío.
Le
guiñó un ojo, y él sonrió. La niña los miraba a los dos en silencio, cogida de
la pierna de su hermano.
-El
alumno aprende de la maestra ¿no? – Se rió- ¿no te gusta que te llame Carol?
-La
verdad es que me encanta- miró al horizonte con la mirada llena de nostalgia –
mi hermana me llamaba así.
Adrian
optó por no hacer más preguntas. Subía al carro sin soltar la mano de su
hermana y colocó la mano en el hombro de Carolina.
-¿Es
hora de un adiós?
De
golpe la chica se giró, y puso la cara a unos centímetros de su boca. Él cortó
su respiración, y el corazón se le paró. Ella cerró los ojos, y por un momento
Adrian pensó que lo iba a besar. Error.
Retiró su cara un poco y lo miró con una ceja alzada.
-¿Pero
que te piensas que es esto? ¿Héroes al rescate? Yo te he sacado de ahí, y tú me
debes la vida, así que no vas a ninguna parte sin mí ¿Esta claro? Ale, sube al
carro.
Adrian,
trago saliva, y respiró hondo varias veces antes de obedecerla. María lo miró
con una sonrisa divertida y dijo en voz alta:
-Carol,
le gustas a mi hermano, ¿Quieres ser su novia?
Carolina
miró a la pequeña y se sonrojó, y Adrian se puso pálido. Ambos se ignoraron, y
ella dio marcha a la carroza. María abrazó a Adrian y le preguntó:
-¿A
dónde vamos Adri?
-Al sur –
respondió Carolina – Pero cambiando de tema, dime Adrian ¿Tu hermana sabe
mentir?
Adrian
se quedó paralizado unos instantes, y cuando los rayos del sol la enfocaron, descubrió la sonrisa pintada en la cara de la cazadora.
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