Había
un templo hecho de oro en el sur. Nadie podía entrar en él si no lo permitía su
dueño, el ángel caído. Susana, no tenía ni idea de cuál era la historia sobre
el ángel, y tampoco es que le importara. Sabía que todos los ángeles viven en
el cielo, y que los que han caído a la Tierra son demonios fieles al Diablo.
Esa criatura le iba a pedir un alma, y ella iba a ofrecer la suya, para
garantizar la muerte de la reina Anastasia. Mucho me temo que no era eso lo que
quería el demonio.
Al
alba, el carruaje partió hacia el templo. El rey despidió a su tía con lágrimas
y miedo en la mirada, aunque ni siquiera él, era consciente del peligro. Era importante llegar cuanto antes, porque las noticias
volaban más rápido que los halcones, y había que retrasar todo lo posible a la
reina Inmortal.
El
templo estaba cubierto de enredaderas, pero todas sus hojas estaban muertas.
Aun así el tallo crecía y crecía, como si intentara llegar al cielo. Susana
bajó del carruaje, y observó esa escena con cautela. Ordenó a su guardia
esperad, y a pasos cortos, comenzó a subir la escalera principal. A medida que
se acercaba, un sentimiento de dolor y angustia invadía su corazón. Estaba
cerca, él demonio no andaba lejos. Entró en el templo, y se detuvo en medio de
una sala, respiró hondo, y cerró los ojos. No se atrevió a abrirlos. Sabía lo
que encontraría al hacerlo. Él estaba enfrente de ella, estaba absolutamente
segura. No se le oía, pero sus alas desprendían
una emoción extraña e indescriptible.
-No
puedo decir que no te tema demonio, pero sí que lucharé contra ese sentimiento
para que no me mates. – susurró Susana.
Un
conjunto de plumas rozó su puño, y tembló de pánico, apretó los dientes y los
ojos, sudó de angustia y reprimió sus ganas de huir.
-Abre
los ojos – dijo la voz de ultratumba
-No –
gritó ella- mis ojos son el reflejo de mi alma, y tú no tienes nada que ver en
ella.
Se
acercó, ella lo notaba.
-Abre
los ojos – repitió.
-¿Para qué?
– preguntó deprisa ella, sudando por la frente.
-Quiero
saber quién eres – dijo lentamente.
-La
infanta Susana de… - comenzó a toda prisa.
-Eso
solo son palabras, déjame leerte.
-NO
-Por
favor - Repitió la voz del demonio- Abre
los ojos.
Susana
respiró entrecortadamente, y antes de obedecer a demonio se juró a si misma que
resistiría a su mirada, porque ni el mismo diablo iba a impedir que ella matara
a Anastasia.
Así que
contó hasta diez y abrió los ojos.
Encontró
una mirada de sangre, enormemente peligrosa con un pasado chorreando muertes y
torturas. La mirada de un ser de otro mundo que le obligaba a abrirse a él. Lo más
oscuro y horrible que había en el mundo. Y entonces, gritó, como si le estuvieran
clavando más de mil cuchillos. Empezó a llorar desesperadamente e incapaz de
deslizar su mirada. Jamás creyó que podría sentir eso, como si las llamas la
quemaran viva y una fuerza oscura la estudiara por dentro.
-Fascinante
– murmuró el ser.
Y
entonces todo paró. Susana abrió la boca y de su interior salió sangre, que
ensució su vestido blanco. Perdió el equilibrio, y como una flor de cristal,
cayó al suelo, con el alma rota en mil pedazos. Cerró los ojos de nuevo, y
deseó morir en ese instante. Respiraba
con dificultad pero eso no impidió que hablara.
.No
debes matarme, aun no – empezó a toser sangre y el ser con apariencia humana le
ofreció una mano helada para alzarla.
-Lo sé
Susana, y permíteme mis disculpas por este momento tan incomodo, pero he tenido
serios problemas para leerla.
Ella
ignoró su mano y se levantó a duras penas. Se quitó los zapatos para sostenerse
mejor, pero no quito la mirada del suelo.
-Señora,
os ruego que me escuchéis, todo tiene un motivo para hacerse. – Empezó con voz
ronca – para leer un alma, esta ha de temerme, pero vos no me temíais y he
tenido que abrir la mía para haceros sufrir y bueno… lo siento excelencia, pero
era necesario.
Susana
no dijo una palabra, pero si se atrevió a observarle. Un hombre pálido envuelto
en una capa negra. No, mentira, eso no era una capa. Eran alas. Sus ojos negros
ahora, la miraban sin sentimientos, y sus ojeras eran un delito de su edad. Parecía
porcelana, no era real. Era el ser mas horriblemente hermoso. No, espera,
cuidado, le estaba admirando, no podía hacer eso, sería un grave error, es un
demonio, un ángel caído del cielo.
-Reina
Susana, me ofrezco voluntario para ayudaros en vuestra especial misión.- siguió
hablando él.
-No... No
soy reina – murmuró la joven vieja.
-Lo seréis
señora, con mi ayuda lo seréis… - rió el demonio.
-¿Qué queréis
a cambio?
-No os andáis
con rodeos ¿eh? – Sonrió, pero la infanta no le vio la gracia por ningún lado –
quiero un alma.
-Os
entregaré la mía – respondió con rapidez.
-No
señora, quiero el alma de Anastasia, y quiero ser parte de vuestra corte,
vuestra mano derecha.
-No
puedo dejar que un demonio sea parte de mi reino.
-Mi
señora aparte de que no os queda otra ¿no creéis que deberíais darme una
oportunidad?
-¿Cómo sabéis
que no me queda otra? Tengo un don muy peligroso, y gracias a esa ventaja puedo
vencerla.
-Mi
señora, no soy idiota y os acabo de leer el alma. No tenéis ni idea de cuál es
vuestro don, y la gracia de todo esto, es que yo sí.
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