Eran las doce del mediodía. Adrián se había quedado dormido,
y cuando abrió los ojos iluminados por los suaves rayos del sol, descubrió algo
cegado, que ni Carol ni María seguían a su lado en la cueva. Se levantó a duras
penas tambaleándose, la luz no le dejaba ver absolutamente nada. Se estaba
muriendo de hambre. Caminó hacia el exterior de la cueva y siguió sin ver a
nadie. ¿Dónde estaban las dos? Le hablaban las tripas. Tenía que comer algo,
cualquier cosa… Cerró los ojos y esperó pensativo. Entonces, la paz y
tranquilidad del bosque le avisó del festín. Escuchó el leve ruido de las aguas
de un rio al oeste desde su posición. Se giró en busca de una de las flechas de
Carolina. El arco y varias flechas se habían quedado en la cueva, casi que
mejor. No hubo valor para coger el arco, pero si tres flechas. Luego se fue
caminado hacía donde pensaba que estaba el rio. El bosque era muy igual, así
que fue marcando cruces con las flechas en las cortezas de los árboles. El
viento acariciaba su piel y su pelo, hacia algo de fresco, pero ahora nada le
impediría ir a comer. Al cabo de varios minutos llegó al río. Se arrodilló
frente a las aguas y observó su reflejo. Estaba muy sucio y adormecido, y
además había cambiado mucho. Ahora aparentaba un semblante más adulto y maduro,
sonrió al espejo y entonces algo captó su atención. Era un grupo de pequeños
pececitos dando vueltas por las aguas, tan ignorantes de su futuro. Agarró con
fuerza la flecha y esperó impacientemente. Hubo cinco intentos para pescar a
los bichitos pero ninguno dio resultado. Tras el esfuerzo y el fracaso, la
desesperación y el hambre de Adrián le obligaron a intentar cazarlos con las
manos.
-Ya está bien Adri, déjate de tonterías, eso no es forma de
pescar.
Adrián se volvió de golpe y no encontró a nadie. Sin embargo
sabia de quien era esa voz. Era de su hermana. Se escucharon risas desde el
cielo y Adrián alzó la mirada para toparse frente a dos chicas en lo alto de
una rama. La pequeña sonreía feliz y la mayor la cogía de la mano con una
mirada soñadora.
-Nadie diría que la chica alta es la cazadora de Bibnandor –
gritó Adrián.
-Lo sé, de hecho parezco más su hermana que tu – respondió-
Es su cumpleaños. Ya tiene siete.
Adrián, se puso serio y empezó a disculpase rápidamente.
Sentía en el alma olvidarse de algo tan importante para su hermana. Ella
adoraba el día de su cumpleaños, y él nunca lo olvidaba porque le encantaba
hacerla sentir como una princesa.
-No pasa nada Adrián – respondió la pequeña – Carol ha
enseñado a ser una gran guerrera.
Adrián se giró a mirar a Carolina, que sonreía orgullosa de
su trabajo. ¿Qué se supone que habían estado haciendo mientras él dormía? La
chica de cabellos oscuros bajo del árbol con absoluta ligereza y cuando llegó
al suelo, le indicó a María como debía de bajar para no hacerse daño.
-¿Pero tú estas mal de la cabeza? – gritó Adrián.
-Cierra el pico si no quieres que te mate por haber dejado el
arco solo en la cueva – respondió ella seria – no sé si habías caído pero es la
única arma de defensa que tenemos.
María descendía poco a poco del árbol, hasta que pisó mal la
rama y con un pequeño grito cayó del árbol. Adrián creyó ver a su hermana
muerta en cuanto la vio en el aire. Su corazón se aceleró y como el viento
Carolina corrió a situarse bajo ella y justo a tiempo la cogió entre sus
brazos. Las dos cayeron al suelo cuando Carol perdió el equilibrio. María lloró
y lloró, y Adrián empezó a dar voces como un loco.
-¡Dios mío cállate ya!- le gritó ella a él. Y se giró a
atender a María – Princesita mírame, ¿Te has hecho daño? ¿Tienes alguna herida?
María negó con la cara y volvió a llorar. Carol le quitó las lágrimas con cariño y le
acarició el pelo.
-No te has hecho nada, ha sido solo un susto – susurró –
siempre voy a estar ahí para cogerte cuando te caigas ¿vale?
María asintió y hundió la cara en los brazos de su heroína.
Carolina la llevo encima hasta la cueva, y allí la sentó sobre una piedra. Adrián
se acercó a su hermanastra y empezó a decirle tonterías hasta que al cabo de pocos
minutos la niña comenzó a reír. Carolina, la miraba con una sonrisa cariñosa
mientras sacaba de una bolsa un cuenco de madera con una tapa.
-¿Qué es eso? – preguntó Adrián en el momento exacto en el
que sonaron sus tripas.
-Tu comida, puré de patatas – respondió la chica recogiéndose
el pelo en una trenza de espiga – no empieces aún, está quemando.
Él obedeció y se quedó mirándola. Juraría que no tenían dinero.
¿De dónde había salido la comida? Carolina debió sentirse incomoda por que le dio
la espalda algo sonrojada y con una traviesa sonrisa en la cara.
-¿Carol de dónde has sacado el puré? – preguntó
-De la posada – respondió ella, tan tranquilamente.
-¿Qué posada? – volvió a preguntar.
-La del pueblo – dijo notando ya esa nota de preocupación en
la voz de Adrián.
-¿Con que dinero?
-Con ninguno, deja ya de hacer preguntas me estas poniendo
nerviosa – le cortó antes de que se volviera loco – acaba rápido que nos deben
de estar buscando.
Adrián acababa de introducirse la mano en la boca con un
poco del puré, y automáticamente lo tosió todo. Cuando recupero un poco de
aire, tragó lo que le quedaba de puré en la boca y vociferó:
-¿QUÉ? ¿HABEIS ROBADO LA COMIDA?
-Sí, y no sé porque te enfadas tanto, hace cinco minutos te morías
de hambre… - continuó hablando – y lo dicho, aligera.
-¿CÓMO ME PUEDES DECIR QUE ALIGERE SI LE HAS ENSEÑADO A MARÍA
A ROBAR?
A Carolina no debió gustarle que se revelara contra ella,
porque enseguida se giró, seria y severa y agarró a Adrián por el cogote. ‘’no
lo has entendido.... ’’ – Escuchó murmurar – ‘’ pues cambiaré de método’’
Lo sacó a estirones de la cueva y lo estampó violentamente
contra un árbol.
-Te lo explicaré solo una vez – dijo pacientemente y en voz
baja – tú y tu hermana sois mis prisioneros. Tú en concreto eres un
desagradecido. Podría venderos como esclavos. Podría haberos matado. Pero sin
embargo solo hago que protegeros y salvaros la vida. Si quieres que todo te
vaya igual de bien que hace unos minutos harás todo lo que se te ordene
¿Entendido? Habrá que colaborar amigo, y
si te resistes te juro por mi vida que te atravieso un ojo con esa flecha de
ahí – y le soltó – tu hermana ha robado porque ya era hora de que aprendiera a
buscarse la vida ella solita. No vas a estar su lado siempre Adrián, por mucho
que lo desees.
-¿Por qué no? – Adrián estaba verdaderamente enfadado.
-No lo sé – respondió – yo siempre quise estar al lado de la mía
y se fue. Cualquier día María hará lo mismo.
Esas profundas palabras llegaron al corazón de Adrián que al
instante, se sintió mal por haber descargado toda su ira contra ella.Un minuto eterno de silencio.
-Lo siento Carol, no quería que llegáramos a este extremo…
-No pasa nada – le interrumpió ella- tengo algo que decirte.
Fue una dura decisión pero ahora que ya la he tomado… La verdad es que tú y tu
hermana sois dos personas maravillosas y no voy a arrastraros hasta la muerte…
He decidido encontrar a Ariadna. Seguiré sus pasos hasta llegar a Bibnandor si
es necesario. Pero la encontraré, viva o muerta. Y si no… moriré en el intento.
Adrián no esperaba esa ‘muestra’ de afecto hacia ellos.
Habría jurado que era una bruja sin sentimientos, pero simplemente era una niña
asustada, que había perdido a su hermana y se moría por volver a verla.
-Tal vez… podríamos acompañarte un poco… - se ofreció – tu misma
dijiste que María tiene que aprender a valerse por sí misma… Es su momento.
Los labios de Carolina empezaron a curvarse felizmente. Que
gran chico era él. Adrián estaba un poco sonrojado, y agachó la cabeza poco a
poco incapaz de mirarle.
-¿Por qué te escondes? – sonrió ella.
-Yo… mmm… - tartamudeó- ¿Por…Por dónde empezamos?
-Por la cabaña del tío Jonás, a las afueras de Valentia, una
ciudad del sur. A unos setenta kilómetros desde aquí. Tendríamos que conseguir
dos caballos, sabes montar ¿no?
Adrián asintió en silencio y se mordió el labio inferior
conteniendo un comentario de desagrado.
-Escúchame, vamos a robar ¿vale? Y no nos van a pillar, nunca
lo hacen… -sonrió al decir esto último – ves a por tu hermana, hay que bajar al
pueblo.
-¿Así sin más? – se atrevió a hablar Adrián al fin
-Creía que te había comido la lengua – respondió la joven-
Pues claro que si chico, hay que improvisar. Así lo disfrutas más. Y por
cierto, un consejo. No estés nunca nervioso.
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