Después
del incendio que había provocado, el juicio de Adrian se había retrasado. Esta
ventaja, ayudó a Carolina a llegar a tiempo a la celda de la comisaria con
María a su lado. Cuando llegaron, solo encontraron a dos guardias demasiado
pendientes de su conversación como para atender la petición de aquella señorita
y aquella niña pequeña. Carolina, que deseaba de todo corazón reírse un rato
aturdiendo a los guardias, tuvo que retener las ganas, y por la vía rápida- un
par de frases sueltas amenazadoras y varios flechazos- sacó a Adrian de su
celda.
Un
mínimo de diez soldados les pisaban los talones, y la idea de salir del pueblo sin
llamar la atención era un poco inalcanzable.
-Adrian,
desvíate hacia el mercado y luego vuelve a tomar rumbo hacia el bosque. Nos
vemos en tu casa.
-No,
espera, no te voy a dejar sola, no podrás con ellos – dijo él.
-Me
ofendes amigo – sonrió ella-¿acaso desconfías de Maver, la cazadora de
Bibnandor? Si quieres ayudar, llévate a la pequeña, para que no vea crueles
espectáculos.
Primero
se detuvo a leer los ojos de Carolina, ya le habían dicho una vez que volvería y
nunca lo hizo. El padre de María, su padrastro, les abandonó cuando supo de su
madre estaba embarazada por segunda vez. Adrian recordó esa mañana, en la que
mientras él se vestía para ir a la escuela, su padrastro le informo de que se
iba de viaje. ‘’ ¿Volverás?’’ le había preguntado, ‘’por supuesto’’ le había mentido
el hombre. Antes de continuar, la miró a
los ojos, y vio una mirada divertida y despreocupada, ¿Qué esperaba de aquella
chica? Cogió a María en brazos y a toda prisa desapareció por el mercado.
Carolina,
se quedó en medio del camino, esperando, ansiosa por divertirse un rato con los
guardias del rey.
Tardaron
exactamente diez minutos en alcanzarla, Carolina, se quedó donde estaba y
sonrió astutamente.
-¡Detenedla!
– Anunció el jefe.
Los
guardias atraparon a Carolina, la cual no opuso resistencia, y la rodearon. El
capitán, un hombre robusto y sucio, con aspecto violento y totalmente
antihigiénico, la cogió del pelo y la obligó a mirarle a los ojos.
-Miren a
quien tenemos aquí… Dinos doncella, ¿y tus fieles amigos, te han abandonado?
Pagaras tú por ellos, ¿lo sabes?
La
mirada, clara y limpia de Carolina, desafiaba al jefe de la guardia, que
reluciendo de ira, estiraba con más fuerza de su trenza.
-Dicen
que no hay victoria sin sacrificios… - murmuró Carolina suprimiendo un gemido
de dolor.
El jefe
gruñó y le levantó la mano a punto de golpearla. Ella bloqueó el movimiento con
el brazo, y susurró.
-Un solo
acto de violencia y mi gente, que yace escondida en este mismo mercado os
arrancará los ojos con las manos si hace falta.
Automáticamente,
los guardias se giraron desprevenidos en busca de sospechosos.
-¡Es un
farol! – gritó uno de los soldados.
El jefe
lo miró con desprecio y hablándole como a un ser estúpido, le gritó:
-¿Crees
que no lo sé, idiota? – Dirigió sus ojos oscuros y fríos a la muchacha -¿Cómo os
llamáis perra?
-No revelaré mi nombre ante un ser tan repugnante como vos – le espetó – Pero antes de que me abofeteéis os advierto de que por estas tierras me conocen como Maver de Bibnandor.
-No revelaré mi nombre ante un ser tan repugnante como vos – le espetó – Pero antes de que me abofeteéis os advierto de que por estas tierras me conocen como Maver de Bibnandor.
Silencio
en la plaza. El sonido del viento al chocar contra las casas y respiraciones
entrecortadas. Un conjunto de rostros pálidos y miradas atemorizadas. Y una
curva en los labios de ella; satisfacción.
-Como
bien os he dicho caballero, toda victoria merece un sacrificio – comenzó a
hablar – y ya habréis supuesto que las sacrificada no seré yo. Dígame usted ¿Sabe
cuál será su castigo?
El
hombre, la soltó del brazo, agacho la cabeza, y se arrodilló al suelo.
-Os
ruego que me disculpéis, haré lo que sea por complaceros, pero por dios, no me matéis
– lloriqueó. -Los hombres fuertes ya no existen.
-¿Sois capaz
de dirigir una revuelta contra el rey? – preguntó.
-Lo que
sea por Maver…
-En ese
caso os dejaré vivir humillado – replicó ella – no me sirven traidores.
Acto
seguido sacó una flecha del carcaj y disparó a un gato que deambulaba por el
mercado. La gente se giró velozmente a seguir el recorrido de la flecha, y
luego las miradas buscaron de nuevo a la arquera, que astutamente había
escapado aprovechando su oportunidad.
Tenía
razón, no hay victoria sin sacrificio. Aunque el sacrificado sea un simple
gato.
Me encanta Luna Blanca.
ResponderEliminar¿Hay algún capítulo más?
He buscado pero no parece que haya Luna blanca (VIII)
Si, ya he publicado la continuación
Eliminar