Los ladridos se aproximaban y Adrian, se estremeció sin querer. De repente se detubo a pensar; para ser una chica sabía como mantenerse viva, ¿cómo es que no la habían cazado ya?
Los ladridos provenían del mismo lugar, pero sin embargo la chica aun no estaba muerta, o de lo contrario, los lobos hubieran enmudecido hacía rato.
Adrian empezaba a sentirse confundido, cuando recordó lo que solía decir su madre en estos casos: '' Tal vez tengas que mirarlo desde otra perspectiva, hijo mío’’ Luego le daba un beso en la frente y sonreía dulcemente.
Lloró unos segundos en silencio, la echaba mucho de menos. Desde que murió hacia siete meses, su vida, se basaba en cuidar y proteger a la pequeña María.
Un gruñido interrumpió sus pensamientos, y le hizo girarse velozmente hacia unos oscuros y espesos matorrales. Tuvo un solo instante para distinguir unos ojos amarillos de entre las sombras y reaccionar.
Para cuando una enorme loba gris saltó encima suyo, Adrian, ya había interpuesto el puñal entre su pecho y el de ella, provocándole así, una herida de muerte a su adversaria.
Antes de que llegaran mas lobos, Adrian, salto a la rama de un árbol y empezó a escalarlo, hasta estar seguro de que ningún lobo llegaría a su altura y poder tener una perspectiva más amplia del territorio.
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